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Mujer, ¿por qué lloras ¿A quién buscas? (Juan 20, 15)
A quienes vinieron por él en la noche del huerto también Jesús les preguntó ¿A quién buscan? (Juan 18, 4).
Por eso, hermanos queridos y añorados, ustedes, amados míos que son mi alegría y mi premio, sigan así fieles al Señor (…) Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. (Flp 4,1; 4-5)
En la Pascua permanente de la vida cristiana y en lo que pudiera parecer rutinario del Tiempo Ordinario, en medio de tantas conflictividades, inequidades, actividades diversas, no es propio del discipulado el abatimiento y la tristeza, pero sí estar abiertos a la pregunta de Jesús y hacer periódica revisión de vida de nuestro quehacer, ajustando la dirección de nuestra pastoral social en su Camino, servidores del Reino.
En el Tiempo Ordinario de nuestra vida la familia tiene una particular importancia y ella es también parte de la pastoral social, bien sea por sus agentes, bien sea por la acción sobre ella. El Concilio Vaticano II puso a la vista una vertiente importante de la vida familiar al afirmar que "la familia es escuela del más rico humanismo" (GS 52) y no sólo fundamento de la sociedad. Hoy por hoy, las situaciones que viven nuestras familias ¿les facilita ser esa escuela?
En la exhortación apostólica Familiaris consortio el siervo de Dios Juan Pablo II afirmaba enfáticamente que "la familia es la primera, fundamental e insustituible escuela de socialidad" (nn. 42 y 43), pero podríamos seguir preguntándonos sobre tal realidad.
La Pastoral Social tiene también en la familia un campo de trabajo porque efectivamente ella tiene responsabilidad de ser la escuela inicial del respeto de la dignidad personal de cada ser humano; aprender a no discriminar por el color, el lugar de nacimiento, la religión, la condición física o económica.
En el seno de la familia hay que comenzar a aprender el servicio desinteresado hacia los demás, especialmente hacia los más pobres y necesitados; y aprender a practicar algunos “voluntariados” en ayuda a los demás, darse a sí mismos.
En todo ello, en el aprendizaje a no ser corruptos, en ejercitarse en ir asumiendo una escala de valores donde el ser más y no el tener, el servicio y no el poder sea la clave, el testimonio vivo de los padres es imprescindible e insustituible. Son también los padres los que deben ser los primeros en cultivar en sus hijos la sensibilidad ante los problemas sociales que les llegan por las noticias u otros canales; sensibilidad ante las situaciones de injusticia social y amor por la justicia, y que lo hagan con actitud crítica y dialogante. Padres que no les consienten que molesten a los personas ni que maltraten a los animales ni a las plantas, pero sin andar sermoneándolos. Padres que les animan a que jueguen juntos, pero no se empeñan en organizarles los juegos; que les prohíben los insultos y las “malas palabras”, pero que no los acosan queriendo escuchar todas sus conversaciones. Padres que conversan con sus hijos y les animan a pensar juntos so¬bre lo que les intriga, lo que les preocupa, lo que les gusta, lo que sueñan, lo que les llama la atención.
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